jueves, 9 de enero de 2014

Comiendo en un bar.

Sentado en aquel extraño restaurante, un lugar peculiar con vista al mar, más parecido a un café de cualquier lugar al mundo, llamado bar en aquel paradisiaco lugar. Había decidido entrar pues no quería estar sólo, sin embargo, el lugar no era lo suficientemente lúgubre para hundirme aún más en mis pensamientos.

Al recibir la carta noté dos cosas, la primera es que por lo abrumadora cantidad de sucesos que rondaban mi mente no había notado la insistencia con que mis entrañas pedían bocado; la segunda lo largo de las piernas de la señorita que me brindaba la carta, acompañado de lo ajustado de su falda, que escondía lo que prometía ser una subida al cielo.

Sonreí con la soltura de estar en un lugar donde nadie me conoce y a nadie debo responderle, imitando los gestos vistos en esas aburridas comedias románticas a las cuales alguna vez acompañé a ver al motivo de mi presencia en ese colorido pueblo costeño. La chica de las piernas largas me devolvió la sonrisa demostrando la labor nada discreta del dentista del pueblo, pequeño detalle que podía pasar desapercibido si volvía a concentrarme en lo corto de su falda.

Repasé la carta más atento a las cantidades monetarias que a mis gustos culinarios, viejo hábito de quien no siempre ha tenido dinero, y quien tampoco es que tenga mucho para derrochar. Encontré un platillo que me pareció adecuado a las dimensiones de mi estómago y de mi cartera.

Antes de que buscara a la chica que me atendió al principio se acercó una mesera rolliza a ofrecerme alguna bebida. Pedí un refresco de cola, nunca fui tentado por Dionisio y lo que su culto prometía, por lo que, como dice aquel dueto de hermanos catalanes en una de sus canciones “bebo sólo por ser abstemio”.

Disimulé hasta que se apareciera de nuevo la señorita de la sonrisa no tan agraciada, pero de generosas y justas proporciones. Pedí el platillo antes mencionado y me deleité una vez más con el vaivén de sus caderas mientras se alejaba. Si bien había escapado a un paraíso en la tierra del infierno mental que intencionadamente o no había provocado una chica, como buen hombre no podía alejarme del calor que la piel de la última creación divina registrada en aquel libro sagrado que mi madre insistía en que conociera.

Mientras recibía con poco entusiasmo al joven que transpiraba entusiasmo al servirme mi bebida y esperaba la llegada de los frutos del mar cocinados probablemente con ingredientes salidos de alguna lata repleta de conservadores observaba el vaivén de las palmeras empujadas insistentemente por el viento nada relajado que insistía en volar sombreros y molestar a los incautos turistas poco habituados a los caprichos del océano.

La razón de mi escapada a ese lugar era encontrar el olvido, nadie me dijo que al estar solo sería más susceptible a pensar en la compañía que perdí, dando vueltas a los motivos de su ausencia, repartiendo culpas en una balanza invisible donde sin importar los pesos de cada una la balanza siempre se inclinaba en mi contra.

Mientras repasaba eventos, gestos, caricias que no se dieron, besos que murieron en la comisura de los labios, abrazos acompañados con promesas rotas de volver a vernos, hundiéndome cada vez más en una espiral de incongruencias entre el proceso y el resultado de las acciones que hicimos y dejamos de hacer me vi interrumpido por la mesera rolliza que depositó el plato y los cubiertos con cierta rudeza de alguien cansado por si trabajo, rudeza hacia la vida, no hacia los comensales, que por lo visto había olvidado eran los que pagaban la propina.

Realmente lucía apetitosa la comida, la presentación era distinta a la que estaba acostumbrado, por lo que tomé los cubiertos dubitativo, sin saber realmente cómo debía comer aquello, sonriendo para mis adentros, era una sensación parecida a la que se presenta cuando no sabes cómo desabrochar el endemoniado corpiño que se interpone cual acertijo de esfinge entre el héroe épico y su premio.
Bocado a bocado iba disfrutando de la pobre criatura que había dado su vida para que yo me alimentara, esos protectores de animales tenían un buen punto, punto que olvidé gracias a lo delicioso del siguiente bocado.

La música no se hizo esperar, tres hombres de avanzada edad ataviados con ropa típica de la región y equipados de sus instrumentos empezaron a interpretar cantares llenos de tristeza, previo sondeo mesa por mesa para que los comensales eligieran alguna canción con la suma de cooperación adecuada.

Yo me encontraba en un lugar paradisiaco donde la mesera de la corta falda no era la única mujer “hermosa” (olvidando el detalle de su sonrisa), con las sobras de lo que había sido un platillo fantástico delante de mí, con un clima que había dado tregua al calor al que tan poco estaba acostumbrado e ignorando al trío “Juventud” que con tanta solemnidad interpretaba sus canciones se podía decir que estaba en un lugar muy agradable. Hermoso lugar sin duda y yo desperdiciando el tiempo pensando en aquella.

La mesera se acercó a preguntarme si se me ofrecía algo más, volví a gesticular esa sonrisa estúpida, pensando en las mil y un cosas que podía pedirle, limitándome a pedir la cuenta. ¿Por qué seguir pensando en ella cuando podía estar disfrutando de ese lugar y de esas caderas que se acababan de marchar? Decidido le pediría una cita para cuando saliera de trabajar y si las cosas salían bien emularíamos el vaivén del viento y de las olas en una habitación oscura de hotel.

No revisé la cuenta, o al menos disimulé no hacerlo para dar la impresión de que me despreocupaba el dinero, saqué mi cartera y conté el dinero suficiente para cubrir mi consumo y dejar una propina decente,  volví a buscar a la mesera con la mirada, ella se acercó hacia mí…

Caminando por el malecón con una estúpida sonrisa, no la del galán que tenía mal ensayada, una sonrisa sincera, mía, la cual usaba siempre, que debo reconocer es bastante estúpida recordaba a la chica de la falda corta y como obviamente no me atreví a hablarle, cual si me burlara de alguien más, el hecho me parecía hilarante siendo el actor y el público de ese sketch de la vida real mal ejecutado.


Si, estaba en un paraíso, con una cantidad infinita de posibilidades, donde anhelaba que el camino que tomara me regresara a ella, anhelo cada vez menor, pues tal vez, en alguna ocasión reuniría el valor para hablarle a la chica de la falda corta en turno y llegar al cielo, aunque fuera por unos instantes…