jueves, 3 de diciembre de 2015

Impresiones del avance de Captain America 3: Civil War.

En días recientes Marvel ha liberado el trailer de Civil War, el cual se esperaba apareciera en Star Wars: Episode 7 The Force Awakens, por lo que traigo algunas impresiones que me ha causado.

Contexto:

  • Al final de Avengers 2 el Capitán América queda como líder de un nuevo equipo de Vengadores, dando descanso a personajes como Iron Man y Thor.
  • Hulk decide exiliarse.
  • Falco sigue buscando a Bucky (Winter Soldier) por órdenes del Capitán América.
Lo que muestra el trailer:
  • Bucky recupera la memoria, es encontrado por Steve (Capitán América) y Sam (Falco), a su vez que es perseguido por las autoridades.
  • Se muestra una iniciativa de ley, presentada a Steve por el General Ross (el padre de Betty Ross y Hulk Rojo en los cómics).
  • Tony (Iron Man) aparece como el agente de la ley que deberá llevar a Bucky y a cualquiera que lo encubra o apoye ante la justicia.
  • Se introduce a Black Panther.
Lo que no se ve:
  • Spider-man es el gran ausente, pero tampoco hay mención de Ant-man, Vision y los agentes de SHIELD, Nick Fury, Maria Hill y la agente Sharon Carter.
  • Los villanos, Crossbones y el barón Zemo.
  • El papel que tenga Martin Freeman (mejor conocido por interpretar a Bilbo Baggins en las películas del Hobbit).
Mis conclusiones. 
  • La motivación de Tony para apoyar la ley se debe a su culpabilidad por la creación de Ultron.
  • A pesar de la química que ha logrado Robert Downey Jr como Tony Stark con el público realmente veremos una película donde Chris Evans, interpretando a Steve Rogers, sea el protagonista.
  • Marvel, en una apuesta arriesgada, decide vender una trama basada en la amistad de Steve y Bucky para ocultar a los villanos en turno y el posible papel que lleven a cabo.


jueves, 9 de octubre de 2014

Crónica de los besos que nunca se dieron.

Un suspiro...
Un recuerdo...
Un instante...
Tu mirada...
Tus labios...
Tu sonrisa...
Mi torpeza...
Momento incómodo...
Arrepentimiento...
Sonrisa estúpida...
Un suspiro...

miércoles, 11 de junio de 2014

Carta de despedida.

Hola.

Nunca enviaré esto y es ridículo que lo empiece como cualquier otra carta, con un tono casual de dos personas que se saludan. Entre nosotros no podría decir que hubo casualidades, sólo puras causalidades, derivadas de nuestras formas de ser, de nuestros sentimientos, que si bien maldigo al demonio que te haya convertido en lo que eres, podría maldecirte más a ti porque has moldeado en lo que me he convertido.

He pasado de ser un soñador enamoradizo a alguien que se levanta por las noches teniendo pesadillas, alguien que siente rabiar en su pecho al escuchar tu nombre con la añoranza del corazón que te llevaste. Corazón que nunca pediste rindiera a tus pies, corazón que pudo haber sido tuyo por siempre y que ahora debes de haberlo dejado abandonado en algún oscuro rincón de tu memoria.

La nostalgia me invade a cada paso que doy, cuál marca de pasos en la arena, nostalgia de lo que pudo haber sido y nunca será, nostalgia de esa espera por ver tu sonrisa, sonrisa que nunca fue mía, nostalgia por ese tiempo antes de conocerte, donde las cicatrices eran pequeñas y estaban completamente curadas. Ahora, ni siquiera quedan cicatrices, pues hasta eso te llevaste, dejando un ser vacío que ha dejado de creer, de soñar, de vivir, que busca la añoranza del calor de los cuerpos por mera vanidad, porque espera que en un suspiro y en un mar de sudor y caricias naufrague tu recuerdo.

Admito que la culpa es compartida, como no lo fue el sentimiento, y me pesa que no hayas matado mis ilusiones de una sola certera estocada, pues a estas alturas ya habría sanado. No, en tu funesta amabilidad fuiste arrancando pedazos cuál niña que juega con una inocente flor preguntándose si la aman no. Si te llevaste mi corazón fue porque no hubo resistencia de mi parte para entregarlo.

Iluso, mil veces iluso, creí que cada parte que te llevabas sería para entregarme el tuyo, pero lo custodiabas para alguien más, siempre enigmática, con esa mirada triste, que ocultaba tras un velo docenas de secretos que nunca fui digno de que me revelaras. El secretismo siempre fue lo tuyo, la oscuridad y las dudas, caminar hacia ti no era un sendero peligroso, era un pantano en el cual uno podría hundirse por siempre.

Entiendo que nunca fue tu intención lastimarme, la entiendo como el patán que he sido lastimando a víctimas inocentes de esta guerra, mero daño colateral. Lo que escapa de mi capacidad de entendimiento es la mentira, el engaño, la ilusión. Fui el público perfecto para tu acto de prestidigitación, siendo el voluntario, partido en dos… que nunca fue unido de nuevo.

Amor, palabra poderosa de simples dimensiones, de simetría aplastante, sólo dos vocales y dos consonantes, que nadie en el mundo ha pronunciado nunca igual, sentimiento detestado por muchos pues crea vulnerabilidad, pero ahí radica su belleza, es frágil como cristal, pero puede volverte tan fuerte como el acero templado. Amor, supongo fue lo que sentía, aunque embriagado de dolor haya acabado convertido en capricho. Odio, la dualidad de ese sentimiento puro… podría ser el contrapeso que necesite para volver a sentir algo, sin embargo, no tiene sentido odiarte, en dado caso el único receptáculo de mi odio sería yo mismo. Ahora odio lo que sentí, y en lo que me he convertido, odio ese reflejo burlón que me mira desde el espejo, sombra de lo que era.

Culpable el destino que no tejió nuestros caminos juntos, culpable las musas que nunca pusieron las palabras necesarias para que comprendieras todo lo que sentía, culpable el tiempo que nos fue corto y culpable el lugar que nos puso tan lejos, culpable tú, culpable yo; único condenado que escribe estas letras de penitencia tratando de rescatar un pedazo de alma, intento vil, egoísta, estúpido.

Nunca leerás esto, y aun así me despido, un adiós tardío, sin escena de lluvia y añoranza de volver, un adiós perpetuo, definitivo, vacío.

Atte. Aquel que te quiso como nadie más.

jueves, 9 de enero de 2014

Comiendo en un bar.

Sentado en aquel extraño restaurante, un lugar peculiar con vista al mar, más parecido a un café de cualquier lugar al mundo, llamado bar en aquel paradisiaco lugar. Había decidido entrar pues no quería estar sólo, sin embargo, el lugar no era lo suficientemente lúgubre para hundirme aún más en mis pensamientos.

Al recibir la carta noté dos cosas, la primera es que por lo abrumadora cantidad de sucesos que rondaban mi mente no había notado la insistencia con que mis entrañas pedían bocado; la segunda lo largo de las piernas de la señorita que me brindaba la carta, acompañado de lo ajustado de su falda, que escondía lo que prometía ser una subida al cielo.

Sonreí con la soltura de estar en un lugar donde nadie me conoce y a nadie debo responderle, imitando los gestos vistos en esas aburridas comedias románticas a las cuales alguna vez acompañé a ver al motivo de mi presencia en ese colorido pueblo costeño. La chica de las piernas largas me devolvió la sonrisa demostrando la labor nada discreta del dentista del pueblo, pequeño detalle que podía pasar desapercibido si volvía a concentrarme en lo corto de su falda.

Repasé la carta más atento a las cantidades monetarias que a mis gustos culinarios, viejo hábito de quien no siempre ha tenido dinero, y quien tampoco es que tenga mucho para derrochar. Encontré un platillo que me pareció adecuado a las dimensiones de mi estómago y de mi cartera.

Antes de que buscara a la chica que me atendió al principio se acercó una mesera rolliza a ofrecerme alguna bebida. Pedí un refresco de cola, nunca fui tentado por Dionisio y lo que su culto prometía, por lo que, como dice aquel dueto de hermanos catalanes en una de sus canciones “bebo sólo por ser abstemio”.

Disimulé hasta que se apareciera de nuevo la señorita de la sonrisa no tan agraciada, pero de generosas y justas proporciones. Pedí el platillo antes mencionado y me deleité una vez más con el vaivén de sus caderas mientras se alejaba. Si bien había escapado a un paraíso en la tierra del infierno mental que intencionadamente o no había provocado una chica, como buen hombre no podía alejarme del calor que la piel de la última creación divina registrada en aquel libro sagrado que mi madre insistía en que conociera.

Mientras recibía con poco entusiasmo al joven que transpiraba entusiasmo al servirme mi bebida y esperaba la llegada de los frutos del mar cocinados probablemente con ingredientes salidos de alguna lata repleta de conservadores observaba el vaivén de las palmeras empujadas insistentemente por el viento nada relajado que insistía en volar sombreros y molestar a los incautos turistas poco habituados a los caprichos del océano.

La razón de mi escapada a ese lugar era encontrar el olvido, nadie me dijo que al estar solo sería más susceptible a pensar en la compañía que perdí, dando vueltas a los motivos de su ausencia, repartiendo culpas en una balanza invisible donde sin importar los pesos de cada una la balanza siempre se inclinaba en mi contra.

Mientras repasaba eventos, gestos, caricias que no se dieron, besos que murieron en la comisura de los labios, abrazos acompañados con promesas rotas de volver a vernos, hundiéndome cada vez más en una espiral de incongruencias entre el proceso y el resultado de las acciones que hicimos y dejamos de hacer me vi interrumpido por la mesera rolliza que depositó el plato y los cubiertos con cierta rudeza de alguien cansado por si trabajo, rudeza hacia la vida, no hacia los comensales, que por lo visto había olvidado eran los que pagaban la propina.

Realmente lucía apetitosa la comida, la presentación era distinta a la que estaba acostumbrado, por lo que tomé los cubiertos dubitativo, sin saber realmente cómo debía comer aquello, sonriendo para mis adentros, era una sensación parecida a la que se presenta cuando no sabes cómo desabrochar el endemoniado corpiño que se interpone cual acertijo de esfinge entre el héroe épico y su premio.
Bocado a bocado iba disfrutando de la pobre criatura que había dado su vida para que yo me alimentara, esos protectores de animales tenían un buen punto, punto que olvidé gracias a lo delicioso del siguiente bocado.

La música no se hizo esperar, tres hombres de avanzada edad ataviados con ropa típica de la región y equipados de sus instrumentos empezaron a interpretar cantares llenos de tristeza, previo sondeo mesa por mesa para que los comensales eligieran alguna canción con la suma de cooperación adecuada.

Yo me encontraba en un lugar paradisiaco donde la mesera de la corta falda no era la única mujer “hermosa” (olvidando el detalle de su sonrisa), con las sobras de lo que había sido un platillo fantástico delante de mí, con un clima que había dado tregua al calor al que tan poco estaba acostumbrado e ignorando al trío “Juventud” que con tanta solemnidad interpretaba sus canciones se podía decir que estaba en un lugar muy agradable. Hermoso lugar sin duda y yo desperdiciando el tiempo pensando en aquella.

La mesera se acercó a preguntarme si se me ofrecía algo más, volví a gesticular esa sonrisa estúpida, pensando en las mil y un cosas que podía pedirle, limitándome a pedir la cuenta. ¿Por qué seguir pensando en ella cuando podía estar disfrutando de ese lugar y de esas caderas que se acababan de marchar? Decidido le pediría una cita para cuando saliera de trabajar y si las cosas salían bien emularíamos el vaivén del viento y de las olas en una habitación oscura de hotel.

No revisé la cuenta, o al menos disimulé no hacerlo para dar la impresión de que me despreocupaba el dinero, saqué mi cartera y conté el dinero suficiente para cubrir mi consumo y dejar una propina decente,  volví a buscar a la mesera con la mirada, ella se acercó hacia mí…

Caminando por el malecón con una estúpida sonrisa, no la del galán que tenía mal ensayada, una sonrisa sincera, mía, la cual usaba siempre, que debo reconocer es bastante estúpida recordaba a la chica de la falda corta y como obviamente no me atreví a hablarle, cual si me burlara de alguien más, el hecho me parecía hilarante siendo el actor y el público de ese sketch de la vida real mal ejecutado.


Si, estaba en un paraíso, con una cantidad infinita de posibilidades, donde anhelaba que el camino que tomara me regresara a ella, anhelo cada vez menor, pues tal vez, en alguna ocasión reuniría el valor para hablarle a la chica de la falda corta en turno y llegar al cielo, aunque fuera por unos instantes…

lunes, 23 de diciembre de 2013

Dos desconocidos más


-Él no te ama-

La escena era idónea para una película romántica, una noche lluviosa de ciudad, en una calle mal iluminada, ella se iba caminando, sabía que no la volvería a ver, así que en un arrebato murmuré eso que daba vueltas en mi consciencia desde hace tiempo, al escuchar por fin esas palabras me sentí liberado para decirlas con más fuerza, con más firmeza.

-¡Él no te ama!-

Su cabellera rubia giró despacio, si, rubia para profundizar en el cliché que me encontraba, iluminando todo a su alrededor, casi en cámara lenta, hasta que sus profundos ojos azules me miraron con desdén, como siempre lo había hecho, aunque ahora sumados con una ira y una fiereza de la leona, depredadora por naturaleza, herida en su orgullo.

-¡Eso no te importa!-

Sabía que me había extralimitado, sin embargo, ella se moría por un idiota, el confiado galán que nunca ha sido rechazado, que nunca se ha tenido que esforzar pues lo ha tenido todo básicamente desde que sus padres planearon tenerlo, o rompieron el condón, o cómo sea que el desgraciado haya llegado al mundo.

La fiesta navideña aún nos recordaba el entorno en el que estábamos enmarcados, dejando escapar tímidas notas de la vigorosa música que los comensales disfrutaban. El único motivo por el que estaba ahí era porque ella me había pedido que la acompañara y yo iluso esperaba el milagro navideño, esperaba que fuera la fiesta donde todo se resolviera a mi favor, como en esas estúpidas películas adolescentes norteamericanas.

Ahora estábamos frente a frente sobre el escenario más romántico que los dioses o el demonio pudieron habernos concedido, aunque la situación entre nosotros distaba de ser propicia para el romance. El galán en cuestión también había ido acompañado, pero a diferencia de la rubia que no deseaba ir sola, él en verdad había encontrado a alguien, que si bien no sé si era especial, no despegaba su rostro de él, fundidos en un beso tras otro, como si su respiración dependiera de la del otro.

Ese ligero detalle sumado a los constantes juegos de manos que no buscaban disimular, tenían desquiciada a la rubia. Ella, la leona lo había atrapado, había tardado un año, y ahora luego de dos meses de relación él se divertía de lo lindo y ella, iba acompañada de un perdedor como yo, o al menos eso es lo que ella pensaba.

-Yo te amo-

Me arriesgué a decir, añadiéndole dramatismo a la escena, esperando que el sonido de dichas palabras tomara sentido y toda la velada se solucionara de tal forma que yo terminara con la despampanante rubia y que todo el mundo pudiera irse al carajo en ese mismo instante. No esperaba lo que ella tenía preparado.

-Yo no te amo, y tú tampoco me amas, sólo soy un capricho para ti-

Eso me dejó helado.

Dejando de lado mi amor propio que había recibido una patada en los testículos al escuchar de sus carnosos labios esa verdad inequívoca de la falta de amor que tenía hacia mí, lo que me cayó como un balde  de agua helada, ironizando que ya me encontraba empapado por la lluvia que caía sin tregua, fue el hecho de que considerada todo lo que había hecho por ella como el fin para satisfacer un capricho.

¿Y si tenía razón? El mismo año que ella había gastado cazando a dicho galán, yo había estado prendado de ella. Desde que esos ojos azules me voltearon a ver, haciéndome sentir tan miserable y a la vez tan capaz de realizar las gestas más grandes, hasta ahora que estábamos bajo una farola de una calle sin nombre de una ciudad más.

Al escucharla decir esas palabras noté tantas cosas que se me escapaban, detalles sin importancia que iban desde su afición por hablar en la sala de cine, resaltando los sucesos obvios de la cinta, hasta ese lunar en la esquina del labio que no había notado y que ahora la hacía ver menos atractiva.

Una venda había caído de mis ojos, en ese momento empecé a verla como de verdad era y no como yo la soñaba, si bien era una mujer atractiva y cuando no estaba iracunda, cuál personaje bíblico del Antiguo Testamento, era agradable convivir con ella. Una parte de mi seguía enumerando todas las cosas que me hacían estar loco por ello, sin embargo, en los archivos de mi existencia aparecía una lista con todos los argumentos que mostraban el porqué nunca estaríamos juntos.

Si bien era doloroso, se sentía un alivio que no había sentido desde hace meses, como cuando te acomodan un hueso que dejó de estar en su lugar, aquellos que nunca se hayan lastimado no entenderán la sensación.

Me limité  sonreír.

-Tienes razón, no te amo… disculpa todas las molestias que te pude provocar-.

Por primera vez ella me vio de manera distinta, ya no había desprecio en sus ojos, fue una chispa de respeto hacia mí, o era un velo de dignidad que cubría su mirada, lo que sea que haya sido sabía que era suficiente para que yo pudiera continuar con mi vida…

Me ofrecí a acompañarla a su casa lo cual ella aceptó, no hablamos durante el trayecto a su casa, nos despedimos con la formalidad de un beso en la mejilla, al regresar al auto me llamó desde su puerta, me despidió con una sonrisa, ella también sabía que no me volvería a ver. Esa sonrisa fue su manera de darme las gracias por ese año de atenciones, una disculpa por el no corresponderme y su manera de desarme suerte, sólo asentí con la torpeza que los hombres como yo solemos hacer gala, volví a subir el auto y conduje a través de las calles de esa ciudad, una ciudad más, en una noche lluviosa más, donde dos personas que compartieron juntos, pasan a ser dos desconocidos más.

martes, 10 de septiembre de 2013

Una pregunta....

-¿Por qué no me amas?

Ella lo pronunció como un suspiro, tan bajo, que tardé unos instantes en comprender que en realidad lo había dicho, pues luego de que la frase saliera de su boca se giró hacia mi y me sonrió sin malicia, como una chiquilla que espera escuchar una historia.

Después de todo ella no era una chiquilla; instantes antes lo había mostrado con creces como la más experimentada de las mujeres; volviéndome loco, sacando mi alma del cuerpo hasta que regresó en un gruñido gutural, en una exhalación. Ahora en esa calma que se presenta luego del orgasmo; en esos segundos en que el cerebro del macho de la especie a la que pertenecemos muestra una inusitada lucidez y llegamos a niveles casi espirituales; se atreve a sacarme del letargo con una pregunta tan fuera de lugar como sería un payaso de feria en medio de esa habitación de hotel que cuenta con luces opacas para ocultar la desnudez de los cuerpos.

Ambos estábamos desnudos; ella con toda la seguridad que sólo las mujeres poseen; de saber que había sido suyo. Si bien el machismo nos dice que el hombre posee a la mujer, todos sabemos que ellas con una sonrisa, un gesto, un guiño, un suspiro... nos tienen a sus pies dispuestos a barbaridad y media, y ellas con toda la lindura que las caracteriza siempre esperan que demos esa mitad que falta.

En mi caso, mi cuerpo no alcanzaba a revelar lo desnudo que me había dejado su pregunta, lo indefenso, sentado a la orilla de la cama esas cinco palabras retumbaban en mi cabeza una y otra vez, pronunciadas por cada una de las mujeres que habían formado parte de mi vida; con sus distintas entonaciones y por ende intenciones que iban desde la curiosidad, pasando por el reclamo, el enojo, la nostalgia, la tristeza e inclusive la burla.

Esa pregunta inocente con palabras predominantemente monosílabas encerraban un motivo. Esas palabras, ya sea a pares o por si solas reflejan algo de la naturaleza del ser tan intrínseco y que aceptamos de forma tan natural como el hecho de que respiramos, o que Newton tiene razón y si arrojas una manzana al aire probablemente la gravedad tenga la cortesía de acertarle a tu cabeza.

Traté de balbucear algo a modo de respuesta pero fui interrumpido por el movimiento que sentí, simplemente se había girado, pues no esperaba respuesta.  Los instantes que me habían parecido eternos; entre que la pregunta decidió aventurarse por la habitación y mi ligero balbuceo;  sólo habían tomado lo que mi cerebro había tardado en llevar electricidad de una neurona a otra para formar los pensamientos que me invaden, que al final lo griegos no estaban tan equivocados, pues el hombre básicamente es electricidad y el mayor hijo de puta que pudieran conocer los griegos se hacía llamar dios y podía controlar el rayo, por lo que en retrospectiva, hace que cada hombre sea una divinidad en si.

Si no esperaba respuesta ¿para qué lo había preguntado?, era un reproche en verdad, o simplemente era como la pequeña que arroja una piedra al agua para ver la reacción; era la duda de una niña al maestro que pregunta por genuino interés científico; o simplemente era un comentario tan bueno como cualquier otro luego de haber tenido relaciones. Al menos era más interesante que el estúpido "¿te gustó?". Nadie, nunca, o al menos eso supongo yo, había respondido que no, pues si bien no todo el sexo es bueno, como en toda actividad que esté involucrada el hombre hay una dejo de esperanza que nos hace creer que la próxima será mejor, después de todo no contentos con una Primera Guerra Mundial se nos ocurrió hacer la segunda parte.

Preguntarme sus motivos me regresaba a la pregunta que había hecho, y detenerme en las primeras dos palabras, que como buen quisquilloso del lenguaje sé que  "porque" al ser pregunta se divide en "¿por qué?", sin embargo, su análisis debe ser como el de uno solo. ¿Por qué? Denota motivo, causa, en si era el meollo de toda la pregunta, sin ser lo principal, era el resultado que se espera, que puede hacernos ignorar lo realmente importante, el cómo se llega a ese resultado. Mis motivos para no amarla eran tan válidos como el de cualquier otro cretino, así como los motivos para desayunar cereal en lugar de huevos o atarme el zapato izquierdo antes del derecho, básicamente importaban una mierda.

Eso lleva a la tercera palabra de la cuestión y la segunda frase "me", lo que hacía que la pregunta regresara a la mujer que ahora cubría su cuerpo con una sábana y buscaba conciliar el sueño, descanso merecidamente ganado luego de las acciones realizadas anteriormente, acciones que aún invadían  la habitación con ese aroma, esa sensación tan particular, que los que ya han tenido relaciones conocen y para los demás no tiene sentido tratar de explicar.

Después de todo, regresando al "me", como siempre se regresa a uno mismo, pues al final, eso es lo que realmente nos importa, nosotros mismos, lo que hacemos por los demás sólo es para ver qué reacción provoca en nosotros, reduciendo todo acto realizable a un motivo de egoísmo puro, ya sea reír, comer, dormir, cantar, llorar, odiar, amar.

"Amas", la última palabra, del verbo amar, del sustantivo amor, cuatro letras, dos vocales, dos consonantes. Fácil de pronunciar, tan difícil de decir, de sentir. Todos hemos amado alguna vez, ya sea a alguien más o a nosotros mismo, que si bien el "me" y "amas" se refería a ella, aplica a mi mismo. ¿Me amo a mí mismo? Esa cacofónica pregunta es la base de toda la literatura barata sobre autoestima y superación personal, y en ese momento no me sentía como un caballero de armadura oxidada para entrar en el tema.

Amor, amor es dejar el "me" fuera de toda ecuación y preocuparse por aquello que recibe mi amor. Amar es fácil, cuando se es correspondido, fluye como el dinero de un rico tratando de seducir a la mujer rubia de los generosos pechos. Cuando no se es correspondido eres aquel pobre diablo tratando de acostarse con la rubia interesada, simplemente miserable.

¿Por qué no la amo? ¿Alguna vez he sentido el amor? Por supuesto que lo he sentido, hacerme el tipo duro al más puro estilo de Bogart en Casablanca no me queda, que siendo justos, él tampoco soportó mucho el papel, pues todos sabemos lo que su personaje siente por el de Ingrid Bergman. Bogart se queda con el consuelo de que "Siempre tendremos París", al diablo París y la ciudad donde se encuentra el hotel en donde me encuentro y al diablo si se escucha mal esa última línea. 

Él podrá tener París y yo sólo tengo la imagen de su rostro dibujando una sonrisa que cada vez luce más borroso, sólo tengo aquellos momentos fugaces tan dulces y apartados de la ferocidad y pasión de la que la habitación daba fe en estos momentos. 

La recordaba ¿con dolor?, ¿con alegría?, ¿con nostalgia?, no lo sé, sólo la recordaba y en esos momentos no sabía si ése en verdad era su rostro o ése era el rostro que quise darle, mezclado con el de todas aquellas mujeres con las que había estado, con todas aquellas que en algún momento se hicieron esa pregunta. 
Al final sólo me quedó sonreír como un idiota por la audacia de la pregunta, por lo simple de su estructura y las fuerzas que desataba, aquellos recuerdos, motivos y deseos que evocaba y que revolvía con el ímpetu de un huracán. ¿Por qué no me amas?, ¿cuántas veces yo podría haber preguntado lo mismo?

martes, 26 de marzo de 2013

Y van 19 días y faltan 481 noches.

Don Joaquín Sabina nos dijo que tardó en aprender a olvidarla 19 días y 500 noches. Los 19 días han pasado ya, y las noches parecen ser más cortas, sin embargo, como la niebla que se forma en algunas madrugadas su recuerdo decide aparecerse para abrir las cicatrices que empiezan a cerrarse, sin abrirlas de todo, sólo provocando un ligero ardor, arrancando las costras que necias volverán a crecer.

En la miopía intrínseca con la que solemos hacer retrospectiva de nuestro propio existir asignamos la clasificación de héroes a nuestras propias personas y de villanas a todas aquellas que nos haya lastimado y sin poder vencer en combate épico optamos por soluciones menos cinematográficas como don Joaquín bien propone, "el olvido".

¿Por qué condenar a destino tan frío a una persona que en su momento pudo llenar nuestros corazones de calor? ¿Por qué desprendernos de los momentos felices que pudieron existir junto con los momentos de dicha? ¿Vale el precio? No lo sé, simplemente es más sencillo olvidar.

Y es que la ausencia ayuda al olvido, desgastando los recuerdos cual mar golpeando incesante la piedra, borrando sus formas, dejándola lisa, difuminando su rostro, llevándoselo con la espuma, confundiendo todos los rostros de aquellas a las que he querido, con las que he soñado, que he herido, que me han herido, mezclando todas las carcajadas que les he provocado con el golpeteo de las olas, perdiéndose con el estruendo de la tormenta que limpiará la costa al terminar de destruirla.

Curiosamente los días pasan fáciles, con la sucesión de las personas que siguen ahí para nosotros, que van desde un insulso dedo levantado en muestra de apoyo en la red social de nuestra preferencia hasta aquellos que son verdaderos pilares en que construimos nuestro día a día, que cuál sol, sin importar las nubes, están ahí cada día para alejar la oscuridad y todo lo que conlleva.

Las noches son las que representan un verdadero reto, pues los demonios aceptan dichosos la tregua que la luz les brinda para torturar con sus voces tan parecidas a nuestras propias voces que imperturbables expresan las preguntas que no queremos oír, que no sabemos responder, preguntas sobre el pasado en su mayoría, los inservibles "hubiera" se repiten de a pregunta formando un coro infernal que algunas noches no te deja conciliar el sueño y algunas otras te arrulla como una sádica canción de cuna.

Al final el olvido tal vez permita sanar, pero evita aprender, pues al final somos animales de costumbres, que no dudaremos en entregar nuestro corazón y otras extensiones de nuestro cuerpo y alma a una cara bonita, de la cual una vez más no sabremos sus intenciones y menos aún los resultados, que el dolor provocado sin intención sigue doliendo.

Olvidar es algo personal, pero nunca dudamos en compartirlo, sin revelarlo, sólo grabando sobre las heridas de nuestra alma aquellos arañazos en la espalda provocados en encuentro fugaces, ocultando las risas de los días felices bajo los sonidos que se arrebatan al silencio cuando dos seres se entregan al placer limitado al cuerpo, que busca arrancar los besos y caricias hechas al alma con besos y caricias hechas a la carne.

Por más que intentemos llenar ese espacio que deja el olvido, al final siempre quedará una cicatriz, grande, pequeña, pero se quedará ahí, para siempre, grabada en nuestra esencia que nos acompañará hasta el fin de los tiempos, cicatriz que no dolerá, que provocará una sonrisa al recordarla, pues esa cicatriz será una evidencia del amor que dimos, y tal vez, sólo tal vez, del que recibimos.